¿Y si el butoh nos enseñara a patear mejor un balón?
Una reflexión sobre el fútbol, el cuerpo y la identidad mexicana.
Escrito un día después de haber visto el partido México Vs Inglaterra, Mundial 2026.
Gracias, Javier Aguirre.
Nunca imaginé que un Mundial de fútbol pudiera llevarme a reflexionar sobre el cuerpo, el arte y la identidad mexicana.
Nunca he sido una aficionada al fútbol. Sin embargo, durante este mundial descubrí algo que iba mucho más allá del resultado de un partido: comencé a mirar el trabajo de los futbolistas mexicanos con una atención que jamás les había dedicado. Vi disciplina, entrega, años de entrenamiento y una profunda responsabilidad de representar a un país entero.
Y entonces entendí que lo que realmente estaba observando no era solo fútbol. Estaba observando una manera de ser mexicanos.
Desde hace décadas, distintas voces se han preguntado quiénes somos los mexicanos. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz emprende esa búsqueda a partir de nuestras palabras, nuestros silencios y nuestras heridas. Descubre que incluso aquello que pronunciamos con aparente ligereza puede contener una memoria profunda. La palabra «chingada» contiene el eco de una historia: la conquista, el mestizaje, la figura de la madre violentada y la compleja relación que mantenemos con nuestro propio origen.
Cuando el árbitro marcó el final del partido pensé, dije de manera automática:
«Ya nos llevó la chingada.»
Entonces me pregunté si, siglos después, esa herida sigue apareciendo, casi sin darnos cuenta, cada vez que pronunciamos esa palabra seguimos nombrando una herida que todavía no terminamos de comprender. Pero ¿y si esa herida no fuera solamente una idea?.
La historia de México no solo puede leerse en los libros. También puede sentirse en nuestros cuerpos, gestos, nuestras posturas, nuestros silencios, nuestros miedos y hasta nuestra manera de movernos son el resultado de siglos de historia. No hablo de una herida inscrita en la biología, sino de una memoria cultural que se transmite de generación en generación y que, de alguna manera, termina habitando el cuerpo.
Quizá por eso, muchas veces confundimos la excelencia con la imitación. Nos esforzamos por parecernos a aquello que admiramos, como si el camino hacia la grandeza consistiera en alejarnos de nosotros mismos.
Mientras veía el partido me preguntaba si eso también podía ocurrir dentro de la cancha. Hubo tres momentos en particular en los que sentí que los jugadores estaban pretendiendo hacer algo que no les pertenecía, como si, por un instante, olvidaran aquello que los había llevado hasta ahí. No sé si esa percepción sea correcta. Es solamente la impresión de alguien que conoce muy poco de fútbol, pero que observaba atentamente el cuerpo.
Y entonces pensé que esa misma búsqueda de parecer otra cosa también aparece fuera de la cancha. La vi reflejada en la presentación de Maná durante el medio tiempo. Sentí que, en lugar de mostrarnos aquello que durante décadas convirtió a la banda en un referente del rock mexicano, el espectáculo parecía buscar otra identidad. Y entonces me hice una pregunta que ya no tenía que ver con la música.
¿Por qué los mexicanos sentimos, tan frecuentemente, la necesidad de demostrar que somos otra cosa?, no tengo la respuesta pero sí tengo una sospecha. Quizá hemos pasado demasiado tiempo aprendiendo a obedecer, aprendiendo a parecer, aprendiendo a adaptarnos, aprendiendo a responder a expectativas ajenas.
En otras palabras, hemos sido domesticados. La domesticación no ocurre únicamente a través de la violencia. También sucede mediante la educación, la religión, la política, los medios de comunicación, la publicidad y todas aquellas estructuras que, poco a poco, nos enseñan cómo debemos movernos, pensar, hablar e incluso desear.
Y entonces me doy cuenta de lo que el butoh podría ofrecer también en una cancha de fútbol. Aunque suele definirse como una danza nacida en Japón a finales de los años cincuenta, el butoh es mucho más que una técnica o un estilo escénico. Es una investigación profunda sobre el cuerpo y la memoria. Parte de una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, radical: ¿qué queda de nosotros cuando dejamos de movernos para agradar, para obedecer o para parecernos a alguien más?
El butoh no intenta enseñarnos a mover el cuerpo de una manera determinada. Hace exactamente lo contrario: nos invita a recordar quiénes éramos antes de aprender a obedecer. Antes de intentar parecernos a alguien más. Antes de creer que nuestro cuerpo debía responder a un modelo impuesto. Nos invita a reconocer que cada cuerpo guarda una historia y que, muchas veces, esa historia también condiciona nuestra manera de mirar, de sentir, de decidir y de actuar.
Tatsumi Hijikata (1928 – 1986), creador del butoh hablaba del «cadáver erguido». Una imagen probablemente perturbadora y, al mismo tiempo, profundamente liberadora. El cuerpo deja de actuar para agradar. Deja de intentar representar una idea de belleza, de éxito o de perfección. Simplemente recuerda.
Recuerda aquello que ha vivido, aquello que ha olvidado y aquello que permanece oculto bajo todas las formas en que ha aprendido a comportarse. En ese sentido, el butoh no busca enseñar un nuevo movimiento; busca deshacer aquellos movimientos que dejamos de cuestionar. Nos invita a desprendernos, aunque sea por un instante, de todo aquello que creemos que deberíamos ser para reencontrarnos con aquello que ya somos.
Y quizá eso también tenga algo que ofrecer al deporte. Porque antes de perfeccionar una técnica, existe un cuerpo que decide, percibe, imagina y se relaciona con el mundo. Tal vez un jugador que conoce profundamente su propio cuerpo no solo corre más libre o reacciona con mayor claridad; también juega desde un lugar más auténtico, sin la necesidad de imitar a nadie. No porque el butoh enseñe a patear un balón, sino porque puede recordarnos que el movimiento más poderoso es aquel que nace de la verdad de quien lo realiza.
Quiero creer que los mexicanos tenemos una manera propia de jugar al fútbol nacida de nuestra historia, de nuestra creatividad, de nuestra forma de leer el juego y de enfrentar la adversidad. Como cualquier identidad viva, esa manera puede aprender de otras, evolucionar y transformarse.
Escribo estas palabras como butohka; como una mujer profundamente convencida de que el arte transforma a las personas y, cuando transforma a las personas, también transforma los espacios que habitan: los escenarios, las calles, las escuelas, los teatros… y, ¿por qué no?, también una cancha de fútbol.
Escribo para hacer una invitación a preguntarnos quiénes somos cuando dejamos de intentar parecernos a alguien más, a reconocer que nuestra historia también ha estado marcada por la violencia, la conquista, el mestizaje y múltiples formas de domesticación, pero que ninguna de esas experiencias determina por completo nuestro futuro. Podemos mirarlas de frente, comprenderlas, abrazarlas y, desde ahí, reconstruir.
El bailarín y coreógrafo japonés Akaji Maro (1943 – ) dice: «Haber nacido en este mundo es la prueba de tu gran talento.» Me gusta pensar que esa frase también nos habla a los mexicanos, el haber nacido aquí ya es suficiente para comenzar, no necesitamos demostrar que somos otra cosa para tener valor, podemos aprender, transformarnos y dialogar con el mundo entero sin dejar de ser quienes somos. Y que, quizá, el día en que aceptemos plenamente nuestra propia manera de habitar el cuerpo, también descubriremos una forma más libre de habitar el fútbol.
A Javier Aguirre y a la Selección Mexicana solo puedo decirles gracias.
Gracias por recordarnos que este país tiene disciplina, corazón, coraje, creatividad y una enorme capacidad para unirse alrededor de un sueño común.
Por mi parte, solo quisiera dejar sembrada una pregunta, Rafael Márquez ¿y si el butoh nos enseñara a patear mejor un balón?
LAMM
Butohka. Artista escénica. Aficionada al movimiento, y ahora aficionada a la selección mexicana.
